A lot of fight left in me
La tristeza lo inundaba todo. Todo se había acabado para bien o para mal. Me encerré en mí misma, en mi dolor, entré en bucle.
Nada conseguía hacerme suficientemente feliz, nada conseguía disipar este mal trago. La esperanza por lo bueno que estaba por venir no se quedaba demasiado tiempo conmigo. Unas horas, como mucho un día.
No encontraba consuelo en ninguna parte, en ninguna persona. Me costaba dejarme llevar y volver a ser la de siempre. No podía hacer como si nada. Mi vida se había roto en pedazos, me había perdido en un pasillo infinito y no encontraba la salida. Tenía miedo de no salir de allí, de chocarme con el primer muro que encontrara. A veces un hilo de esperanza se apoderaba de mi cuerpo y me impulsaba hacia delante, hacia el camino correcto. Pero solo hasta la siguiente esquina, dónde el miedo y la incertidumbre volvían a consumir cada poro de mi piel.
Las lágrimas recorrían mis mejillas cada poco tiempo. Me sanaban y hacían daño a partes iguales. Allí me quedé un tiempo, rendida a la oscuridad del espacio, esperando el momento preciso para salir, para tomar una decisión, para elegir si derecha o izquierda, para que alguien viniera a recoger mis trozos.
No sé cuánto tiempo pasó. A veces perdía la cuenta. Pero un día salí de aquella tristeza infinita y me dispuse a pegar los pedazos. Y una lágrima rodó y cayó al suelo. Luego reí por primera vez en mucho tiempo, de alegría o de salvación. Aún no se muy bien por qué.


Comentarios
Publicar un comentario