Risas, son-risas
Estaba en el bus hace unos días. Como habitualmente olvidé los auriculares en casa y no podía escuchar música. Entonces, me fijé en dos niños, de unos 5 años sentados justo los asientos de al lado. Apenas hablaban. O hablaban y no se entendían. O los que no les entendíamos éramos nosotros. Pero reían. Se debían estar contando cosas graciosísimas. Me pareció curioso y me hizo recordar todas las sonrisas, risas y carcajadas que producimos en los demás y que nos producen en nosotros. Y es que hay tantos tipos de risas...
Esta la risa que surge cuando algo de verdad te ha hecho gracia, cuando algo te ha hecho feliz.
Esa risa es liberadora, limpiadora de almas.
La risa tras el llanto, la risa que pertenece al que te ha hecho sonreír tras la tristeza,
la risa que seca las lágrimas.
Una risa tranquilizante, desde luego.
Así, está la risa con el llanto.
Sí, esa que te hace incluso llorar,
la que hace que te duelan todos los músculos de la cara,
la que hace surgir agujetas en los abdominales
y con la que acabas por los suelos o de cara a la pared,
intentando calmarla, porque ya no es normal.
La sonrisa forzada.
La risa involuntaria, la que nadie sabe de donde sale pero sale.
La risa por compromiso, la que te salva de cualquier situación incómoda o en esos momentos donde no entiendes el chiste y te ríes, por reírte.
La sonrisa tranquilizadora, esa que surge en tus labios cuando hablas con alguien,
que te salva cuando no sabes que decir y que al mismo tiempo haces sentir bien a la otra persona, como símbolo de que le entiendes, que le apoyas.
Y la sonrisa falsa, la que dura un segundo, la que surge cuando te muerdes la lengua, cuando prefieres callarte a soltar todo lo que estas pensando sobre alguien. Dejemos las cosas así mejor.



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