Chin, chin...

Veintisiete de diciembre. Tan solo cuatro días para acabar el año. Trescientos sesenta y un días más en la historia de nuestra vida. Cincuenta dos semanas. Ocho mil setecientos sesenta horas. Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Treinta y un millones, quinientos treinta y seis mil segundos. Hora de ver cuánto de sí dio este año.

La uva rodó por la alfombra. Fuegos artificiales en la televisión que se mezclan con las luces de colores del árbol. Anillos de oro, lencería colorada, vestidos de gala, trajes y corbatas. Una fiesta. Chin, chin por todo lo bueno que este año iba a traer. Un brindis que promete muchas cosas sin ningún tipo de compromiso, sin ningún tipo de seguro por los daños colaterales que pueda producir con el transcurso del año.

Las cabezas llenas de ilusiones, llenas de optimismo por los nuevos propósitos, los nuevos planes, las nuevas ideas. Con quien empezamos este año y con quien lo estamos terminando. Viéndole la “V” a ese ansiado verano que se resiste a llegar. Deseando acabar los exámenes, las clases y al mismo tiempo no queriendo que acabe nunca esa etapa.
Y llegó el verano. Los trozos de telas adornando la piel. Miedos y caricias a partes iguales. La sensación de volar, de escuchar otro idioma, de olvidar lo que dejas en tierra para descubrir lo que te espera en esa isla. Y es que los carriles izquierdos, los taxis negros y los autobuses de dos pisos tienen algo que enamoran. A sí, y las luces del puente y el amanecer sobre el Támesis.

Todo lo que quieres que pase, lo que de verdad quieres que pase y lo que realmente pasa, por hache o por b. La bailarina de tu subconsciente hace puntas sobre una cuerda entre dos rascacielos y acabas cayendo, en picado. Y cae sobre un montón de rutina, perdida entre la veracidad de unos papeles firmados y los garabatos a lápiz tras una noche de fiesta. Encuentras ese papel que te obliga a declarar, a dar explicaciones aunque sea, y se lo lleva el viento. Corres tras de él con la intermitencia de dos pensamientos: seguir tras él o dejarlo ir.


El frío se acerca otra vez. Los pañuelos al cuello, el perfume en las muñecas. Las uvas de la frutería y el champán bien frío de la nevera.

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