Sentirse viva

Un viaje. Varios kilómetros y por fin estábamos allí. Un lugar apartado de toda civilización donde poder escapar del ruido, el estrés y el calor, sobretodo del calor. Recuerdos de un lugar similar pero ante todo un paisaje único, siempre.
Abrir los ojos y observar las ramas de los árboles rasgando el brillante cielo azul de la sierra. Una suave brisa acaricia nuestras mejillas, ondea nuestros cabellos. Inspirar y oler a humedad. La humedad de tu pelo tras el baño en el río. Una sonrisa tranquila, inocente se dibuja en mi cara. Estoy exactamente donde querría estar en esos momentos.
El sol aparece tras las densas nubes. ¡Son como algodón de azúcar! Sus rayos broncean tu piel y vienen acompañados de un aire fresco que hace erizar tu piel y producir pequeños escalofríos. Una caricia sobre tu abdomen y pequeñas gotas caen sobre tu cara, tu ombligo, tus muslos. Refrescan, sin duda. Y de pronto sale un sol abrasador y te entran ganas de saltar al agua. Incluso hay una cuerda preparada para ello. ¡Ironía de la vida! Y te lanzas, sabiendo que estará helada. Pero lo necesitas. Necesitas que tus músculos se contraigan, te hagan sentir viva. Gritar, mostrar emociones, expresar lo que sientes de una vez por todas. Y nadas, y nadas para intentar mantener el calor corporal. Pisas las redondas piedras de la otra orilla. Te relajas escuchando las risas de los niños, atrevidos ellos, intentando saltar al río. Sin miedo, sin preocupaciones, sin ver el peligro de sus actos. A veces lo echo de menos, a veces nos parecemos tanto a ellos... 

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